
La muerte de una niña de cuatro años en un baldío frente al cementerio de Cosquín sacudió a toda la región con una mezcla de dolor, estupor y preguntas incómodas que nadie puede eludir. La pequeña falleció a causa de mordeduras provocadas por un perro callejero, aparentemente sin dueño, en un sector ubicado sobre la calle Juan Carlos Gerónico, la vía que conecta a la cabecera departamental con la autovía que recorre el valle de sur a norte.
La investigación quedó en manos de la fiscal del Segundo Turno, Silvana Pen, quien deberá reconstruir con precisión lo sucedido. Pero más allá de las responsabilidades penales que puedan establecerse, el hecho expone una realidad cotidiana que los vecinos de la Capital del Folklore y de las localidades del principal corredor turístico de Córdoba conocen demasiado bien.
En Cosquín, como en gran parte de Punilla, los perros -con o sin dueño- circulan por calles, plazas, veredas y espacios verdes sin correas, sin control y, muchas veces, sin supervisión. Es una postal habitual, naturalizada por años, frente a la cual se mira para otro lado. Salvo honrosas excepciones, la convivencia entre personas y animales se sostiene más en la costumbre que en normas efectivas de cuidado y responsabilidad.
Esta tragedia no puede ser reducida a un hecho aislado ni a la mala fortuna. Obliga a revisar prácticas, controles, políticas públicas y, sobre todo, conductas sociales que se han vuelto paisaje. Porque cuando lo excepcional ocurre, deja al descubierto lo que durante años fue tolerado. Y el precio, esta vez, fue la vida de una niña.
(*) Periodista / Editor de Punilla a Diario.
