Por Luis Hernán López

 

Hay noticias que uno nunca quiere escribir. Y la muerte de Pocho Sosa es una de ellas.
Cuando me enteré de su partida, inevitablemente mi memoria viajó a la noche del 26 de enero de 2023 en Cosquín. Detrás de la plaza Próspero Molina, en un bar sencillo, encontré a Pocho sentado junto a unos amigos, esperando la hora de subir al escenario. No hubo necesidad de presentaciones ni protocolos. Me recibió con esa cercanía que sólo tienen los grandes.
"¿Qué hacés negrito? ¿Cómo anda ese periodismo? Hace mucho que no vas a Mendoza", me dijo sonriendo.
Esa sonrisa era una marca registrada. De esas que generan confianza inmediata y que te hacen sentir que estás hablando con un amigo de toda la vida y no con una de las voces más importantes que ha dado el folclore argentino.
Aquella noche me animé a hacerle una pregunta que hoy resuena con una fuerza especial. Después de una trayectoria tan extensa, después de tantos escenarios, premios y reconocimientos, le pregunté qué más esperaba de la vida.
La respuesta fue sincera: "Sólo nueve años más... los años para que mi nieta cumpla quince. Quiero bailar el vals con ella".
No habló de homenajes. No habló de reconocimientos. No habló de fama. Habló de amor. Habló de familia. Habló de un abuelo que quería estar presente en uno de los momentos más importantes de la vida de su nieta.

 

Pocho Sosa y Pedro Zalazar


Esa noche, durante la Sexta Luna de Cosquín, la que terminaría siendo su última actuación en el festival, Pocho desplegó un repertorio dedicado a rescatar el legado de aquellos gigantes que marcaron el camino de la música cuyana: Hilario Cuadros, Buenaventura Luna, Antonio Tormo. Fue una actuación cargada de historia, de identidad y de memoria.
Como si el destino quisiera rendirle tributo en vida, aquella presentación concluyó con la entrega del Premio Camin a la Trayectoria. El reconocimiento fue justo. Pero sobre todo fue necesario. Porque Pocho pertenecía a esa generación de artistas que construyeron cultura sin hacer ruido, con trabajo, humildad y una coherencia inquebrantable.
Mi amistad con él tuvo varios capítulos. El primero fue en la Segunda Luna de Cosquín 2016, cuando compartió escenario junto a su entrañable compañero Jorge Sosa. Recuerdo que aquella noche me contó sobre sus comienzos, sobre aquel histórico Cosquín de 1980 en el que, integrando Canto Trío junto a Lalo Lázaro y el Nene Fernández, obtuvo el Premio del Jurado Técnico con "Destituyo las rosas". Lo contaba sin grandilocuencias, como quien recuerda una etapa más de una vida dedicada a cantar.
Después llegaron otros encuentros en Mendoza. Conversaciones en vísperas de Vendimia. Charlas con el inagotable Pedro Leopoldo Zalazar (amigos íntimos) sobre el Nuevo Cancionero. Reflexiones sobre la cultura popular. Siempre encontraba en él a un hombre profundamente comprometido con sus raíces, pero también generoso con quienes queríamos contar las historias de nuestra gente.
La partida de Pocho Sosa, duele por todos los ángulos; porque se fue una voz irrepetible; porque se fue un referente cultural. Pero sobre todo duele porque se fue un hombre bueno.
Una de esas personas que entendieron que el verdadero éxito no está en los aplausos sino en el cariño que uno deja sembrado en los demás.
Pocho no podrá bailar ese vals que tanto esperaba. La vida, a veces, tiene esas injusticias que no encuentran explicación.
Pero también es cierto que hay personas que trascienden los deseos inconclusos. Personas que dejan algo mucho más grande que cualquier sueño pendiente.
Pocho Sosa deja canciones, recuerdos, enseñanzas y una forma de entender la cultura como un acto de amor por la tierra que lo vio nacer.
Y estoy seguro de que, mientras exista una guitarra cuyana, mientras alguien entone una tonada al caer la tarde o mientras Mendoza vuelva a vestirse de Vendimia, su voz seguirá sonando.
Los grandes artistas no mueren. Los grandes artistas se convierten para siempre en parte del paisaje.
Y desde hoy, cada vez que llegue el otoño mendocino, será imposible no pensar en Pocho Sosa.