París. El panorama artístico internacional despide a una de sus figuras más revolucionarias. Julio Le Parc, pionero del arte óptico y cinético y miembro fundador del Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV), falleció este sábado en la capital francesa a los 97 años, luego de un progresivo deterioro en su salud. El deceso, atribuido por su familia al desgaste físico y a la imposibilidad de alimentarse durante el último mes, marca el cierre de una trayectoria descomunal que se mantuvo activa y reconocida hasta sus últimos años. El creador se encontraba internado en el Hospital Americano, situación que ya había forzado su retiro de la escena pública y la cancelación de sus viajes internacionales.
Nacido el 23 de septiembre de 1928 en Palmira, provincia de Mendoza, Le Parc forjó una carrera brillante que unió de forma indisoluble a Buenos Aires y París. Tras formarse en la Escuela Manuel Belgrano y la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, su espíritu rebelde lo llevó a romper con la rigidez de la academia formal. En esos años de experimentación informal, combinó su militancia en colectivos estudiantiles de renovación educativa con trabajos tan diversos como portero y extra en el Teatro Colón.
El punto de inflexión estético y profesional ocurrió en 1958, cuando descubrió la abstracción de Victor Vasarely en el Museo Nacional de Bellas Artes. Inspirado por esa propuesta óptica, obtuvo una beca del gobierno francés y viajó a París al cierre de esa temporada. Lo que inicialmente iba a ser una estancia temporal se convirtió en una radicación permanente de casi siete décadas, transformándose además en un polo de atracción para la migración de otros artistas argentinos.
En 1960, junto a Francisco Sobrino, Horacio García Rossi, Héctor García Miranda, Sergio Moyano y Hugo De Marco, fundó el GRAV. Este colectivo funcionó hasta 1968 como un verdadero laboratorio horizontal que investigaba el potencial de materiales económicos y dispositivos de gran impacto sensorial. El gran hito de su consagración internacional llegó en 1966, cuando se le otorgó el Gran Premio Internacional de Pintura de la XXXIII Bienal de Venecia. A partir de allí, su influencia fue unánime: fue condecorado como Officier de l’Ordre des Arts et des Lettres y sus obras pasaron a integrar las colecciones permanentes de instituciones emblemáticas como el MoMA, el Centre Pompidou y la Tate Modern; esta última, de hecho, tenía previsto inaugurar una gran retrospectiva en su honor el próximo 11 de junio.
A partir de 2013, el circuito global renovó sus homenajes con exposiciones monográficas en el Palais de Tokyo de París, la Casa Daros de Río de Janeiro, el Pérez Art Museum de Miami y el Met Breuer de Nueva York. Incluso su influencia llegó con fuerza al mercado asiático en 2021, cuando intervino la fachada de la Maison Hermès en Tokio con su obra La larga marcha en pleno contexto olímpico. En su país natal, el reconocimiento definitivo a su vigencia se consolidó en 2019 con un monumental homenaje múltiple que incluyó una enorme retrospectiva en el Palacio Libertad, exhibiciones en el Museo Nacional de Bellas Artes, una instalación en el Teatro Colón y un recordado mapping lumínico sobre el Obelisco durante la Noche de los Museos. Su última gran distinción en Argentina fue en 2024, cuando recibió el Gran Premio a la Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes.
A través de la luz, el color y el movimiento, la producción y gestión de Julio Le Parc —desde la instalación física hasta la experimentación virtual— cumplió su máxima utopía: destruir la distancia sagrada de la academia, transformar al espectador en un agente activo y redefinir por completo las reglas de la industria cultural.